lunes, 4 de noviembre de 2013

Yo negra como el café y tú, infantil y blanca como la leche

Así empieza el libro "Mi madre-niña":


Querida madre-niña:


            Acabamos de parar en un bar de carretera antes de llegar al mar. Quiero estar tranquila y cruzo los dedos, esperando que ninguno de los cientos de primos y parientes que aterrizan de vez en cuando en el apartamento playero de los años 70, haya tenido la brillante idea de querer utilizarlo en agosto. No quiero jolgorios ni dormir en sofás de eskay porque, desde que te fuiste hace ahora 15 días, estoy especialmente tierna y necesito más que nunca dormir de una vez por todas, curarme el agotamiento de este proceso atroz y sobre todo sentirte, llorarte, escribirte y recordarte como te mereces.

            Estás en todas las cosas y no puedo ni quiero evitarlo. ¿Qué quieres tomar? –pregunta el camarero-. Un café con leche en vaso –respondo-. Después, mirando la mezcla de líquidos a través del cristal, me asalta la pregunta de si seremos tú y yo como el café con leche. 



Ya sé que es absurdo, pero se me ha cruzado por la cabeza el loco pensamiento de que, sin preguntarnos, la vida no ha hecho otra cosa más que mezclarnos en un peculiar vaso de recuerdos y olvidos. Es cierto que tú, con tu alzhéimer de más de una década, fuiste olvidando miles de cosas, pero también pienso que yo, con mi corazón adulto y curtido por cientos de batallas, más de una vez huí de la esencia al recordar demasiadas. Yo negra como el café y tú, infantil y blanca como la leche. Yo el oscuro disco de memoria que compensaba tus olvidos, en tanto que tú, con tu pureza de niña, siempre has sido y serás el corazón y la esencia clara de todas las cosas. ¡Mi madre-niña! ¡Mi querida y hermosa madre-niña!


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